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Georgina Larruz Jiménez / @LarruzMG

Mi estatura no rebasa los 1.60 metros. Mi tez es muy blanca. Tengo ojos de color aceituna. Soy talla 38D. Mi cintura y cadera son una línea recta. Y ni se diga de la defensa, esa no existe. Tengo un six pack debajo de una nada modesta capa de grasa. Mis piernas reflejan tono muscular producto de la danza, pero no son lo suficientemente largas para lucirlas en microfaldas. ¿Tacones? Por dios, de pensarlo, siento que mis tobillos aquejados por cinco esguinces se tronarían. Conclusión, no nací para ser conductora de televisión y menos de deportes.

En deportes con balón, léase volibol, basquetbol nunca fui buena. De hecho era muy miedosa porque los niños que lanzaban los esféricos tenían el tino para sacarme el aire –si me iba bien- o romperme el armazón de mis lentes –eso dolía más que cualquier otra cosa, de verdad-. Corría lento y me daba dolor de caballo en segundos. En deportes individuales era otra historia. La natación, el ciclismo, tae kwon do y danza me dieron mejores habilidades, pero siempre practicándolos como hobbie y algunos de manera irregular. Con esto, tampoco mi destino era ser atleta de alto rendimiento y menos en mi familia repleta de docentes y médicos.

Como futbolista, también amateur, mi “carrera” sólo duró dos ciclos escolares: segundo y tercero de secundaria. En esos años fui el cerebro del medio campo, filtraba balones para anotaciones, asistía a las delanteras –siempre buscando el protagonismo- y en algunas ocasiones quitaba pelotas al rival para llevarlas a zona roja. Eso dio material a críticas por mi físico. Que el par de balones que tenía enfrente me terminaría asfixiando, que al correr todo me rebotada. En fin, puras envidias e intentos por distraerme en los partidos que duraban el tiempo de receso. Mi corto paso por el balompié estuvo marcado por un par de esguinces de tobillo, en uno de esos había hecho un gol y mi pie derecho se falseó en pleno festejo.

Fuera de las canchas, mi familia anhelaba que siguiera mi camino por el rumbo de la medicina. Llegaron a pensar que ganaría el Nobel, que trabajaría en algún laboratorio de investigación suizo, que sería directora de un hospital. Lo más jodido, que fuera odontóloga o psicóloga. La sorpresa y la decepción les caló cuando elegí el área de ciencias sociales, convencidísima que estudiaría ¿Ciencia Política? Ignoré los “¿de qué vas a vivir?”, “no tienes palancas”, “¿vas a ser candidata a algo?”, “¿eso para qué sirve?”. En ese último año de preparatoria rectifiqué y vi que lo mío no era ser politóloga, ¿entonces para qué era buena?

Por razones que a la fecha no puedo explicar elegí Ciencias de la Comunicación como carrera. El infarto en las Jiménez fue mayor. “Hubieras elegido economía, allí si hay dinero”, “¿Por qué no estudiaste derecho? A tu prima le va muy bien como abogada”, “te conviene entrar al gobierno a trabajar”, “¿vas a perseguir artistas? Consígueme el autógrafo de Diego Luna, ándale”. Sólo tenían razón en algo, una de las ramas de mi carrera tenía como actividad de abolengo el perseguir gente para sacar la nota.

En comunicación, mi afición a los deportes se mantuvo en el closet. La verdad, había un poco de culpa por haber elegido una profesión, cuyo campo laboral es variado, pero extremadamente demandado, lo que significaba muy probable DESEMPLEO.

Mi lado “pragmático” pensó en los billetes, ¿Cómo? Eligiendo comunicación política como mi modo de vida a mis 20 años. “Si quieres ser consultora, entonces te tienes que vestir muy profesional, ni muy destapada, pero tampoco como monja”, “tienes que tener carácter y poner límites que los políticos son muy cabrones y quieren nada más que les den las nalgas”, “Uy, Gina, este medio es muy machista, ¡eh! Las mujeres que ves aquí son las esposas del consultor o las amantes de los políticos, pero ni creas que ellas tienen voz y voto en las reuniones” Eso me decía un exnovio que, además era extremadamente machista.

Con el tiempo, gracias a Dios, o mejor dicho, gracias a mis mejores amigos Víctor y Hugo, me di cuenta que lo mío, lo mío, lo mío, era escribir. La fiebre mundialista hizo su chamba y me hizo salir del closet pambolero. Me aventé casi todos los partidos de Sudáfrica 2010, mi selección favorita para ganar la Copa era Alemania. Por supuesto que lloré cuando fue eliminada ante España. Esa temporada comencé a seguir las ligas europeas y adopté al equipo de mis amores: el Bayern. Había dado el primer paso: reconocer que era aficionada al futbol y que adoraba hablar de él.

Al año entrante, en los Juegos Panamericanos de Guadalajara, me emocioné con la ceremonia de clausura, por supuesto que me daba una “cosquillita” escuchar el himno nacional mexicano en las ceremonias de premiación. En un sueño guajiro pensé “¿Por qué no estoy allí?”, pero se me pasaba cuando veía la cantidad de informes estadísticos que tenía que hacer para “x” candidato.

Dos años después, el mismo novio que me decía que la consultoría era un negocio sólo de hombres me mostró unas fotografías de una de sus conocidas. Ella era reportera de deportes. Me contó la historia que la llevó hasta cubrir UFC en Univisión. Sentí admiración y un poquito de envidia. “Lo bueno es que tú no te vas a dedicar a eso. Primero, necesitarías bajar de peso, así como ella, para salir a cuadro”, “Vas bien con tu régimen y con ejercicio, pero te faltan 10 kilos, ¿no?”, “serás una gran consultora”. Así, la motivación. En aquel entonces, buscaba los pretextos para hablar de futbol, para mí era una válvula de escape al lodazal de la consultoría.

Y llegó el año de Brasil 2014. Un accidente de tránsito provocó un nuevo sueño: el de escribir en una justa mundialista. Lo hice, pedí oportunidad a Pamboleras y la tuve. Así, me quedó claro que lo mío, lo mío, lo mío, era escribir sobre deportes. Literal, sentí que una parte de mi renació. Así que, ¡Al carajo la investigación en comunicación política! ¡Al diablo la consultoría política! Y ¡A la chingada los prejuicios de mi ex!

Comprendí que el deporte siempre estuvo en mí, que no me sentía vivía haciendo otra cosa. Las primeras coberturas fueron como la primera vez que un niño pisa el kínder. Las pasé fáciles y hasta un tanto pasiva.  El reto que me planteé fue dejar de escribir como aficionada al futbol y comenzar a ser profesional. ¡Pum! Se cumplió, me “ficharon” como redactora del club de fans oficial del Borussia Dortmund en México, sí, siendo aficionada y hasta socia del club de fans del máximo campeón de la Bundesliga. Durante tres meses oculté la verdad. Cuando los chavos supieron de mi afición por el rival más odiado en Alemania, no dijeron nada, de hecho recibí halagos por las columnas de futbol europeo.

Meses después fui seleccionada para representar a México como reportera joven en los Juegos Panamericanos de Toronto 2015. Hasta allí, el mundo de caramelo. La primera dosis de realidad llegó cuando fui al CAR, justo dos días después del anuncio de Toronto. El evento: la presentación de la camiseta de la Selección Femenil que acudió al Mundial de Canadá 2015. Por primera vez supe qué era eso del ‘chacaleo’.

Honestamente, la presencia de las cámaras y micrófonos de “los grandes” me impuso. Me puse muy nerviosa, tanto, que olvidé los rostros y nombres de las seleccionadas que había estudiado una noche antes. ¡Qué vergüenza! Escuchaba las preguntas obvias e insulsas de algunos colegas. Me daba coraje, pues parecía habían mandado a los menos preparados. Comencé a recordar las palabras de mi ex. “Este medio es muy machista”, “qué bueno que no vas a ser reportera de deportes…”. Ah, y para variar, se acababan las baterías de mis gadgets para grabar. Todo pintaba para llevarme a casa una derrota moral y por goleada.

Los reporteros y camarógrafos –sobre todo hombres- se “apañaban” a las jugadoras. Con sus armatostes empujaban e intimidaban a varias blogueras que apenas si llevábamos una Tablet y dependíamos del celular para sacar fotos.

Las cosas se compusieron cuando me acerqué a Nayeli Rangel, le pregunté cosas muy bobas, pero creo que ella comprendió que era mi primera vez en el ruedo. Me contestó muy amable y hasta le pedí una selfie y saludos a los seguidores de La Cascarita MX. Después fui con Mayrilian Cruz Blanco, representante de la FIFA, para profundizar de las iniciativas del organismo por promover el interés del futbol femenil en México. Me contagió su entusiasmo. Sentí que ese partido terminó en un 2-2.

Quizá esa primera vez fui muy novata, pero me quedó claro que el deporte femenil en México está a años luz de ser tomado en serio, que el periodismo especializado en este tema no existe, al contrario, hay ignorancia de muchos colegas. ¡Qué ridículo es tratar de intimidar a los “reporteros chiquitos” con una chamarra o playera de una televisora de gran envergadura!

En Toronto me decepcionó una gran parte de la forma de hacer periodismo en el país. Algunos y algunas colegas hicieron un trabajo excelso y eran muy agradables como personas. Otros y otras fueron muy pesados. Repetían los vicios del “chacaleo” mexicano. Casi me sacan el aire al empujarme fuertemente contra una valla metálica, solo porque esperaban sacar LA DECLARACIÓN. Los “grandes” barrían con la mirada a los “pequeños” y alzaban la voz diciendo de qué medio venían. Ja. Lo bueno es que a la gente del Comité Organizador que estaba en zona mixta le importaban poco las credenciales. Las mujeres teníamos lo más cercano a un trato equitativo. Total, es el primer mundo.

Fuera del calvario que era soportar los comentarios pesados de mis colegas de otros medios, Toronto fue mi Champions. Lo mejor, la mayor parte de los participantes de aquel programa de los jóvenes reporteros éramos mujeres. Allí supe que nosotras podemos ser igual de buenas que los chicos, que podemos aportar conocimientos y complementar el trabajo que se hace en una redacción.

Volví de Canadá y decidí tomar un curso de Juegos Olímpicos y coberturas de calidad. El debate fue cuando  el profesor José Luis  Rojas Torrijos, facilitador del taller, criticó el sexismo en la labor periodística de varios portales. Las chicas presentes alzamos la mano y comenzamos a discutir sobre la presencia de mujeres atractivas en los espacios deportivos. Todas tuvimos la opinión unánime que estábamos hartas de ver escasos contenidos de mujeres en la televisión, de ver demasiada piel en las notas publicadas, de leer información que resaltara los atributos físicos de las deportistas.

Después de cuatro años de mi retiro de la comunicación política, puedo decir que cambié a una arena que también está dominada por los hombres y más porque prevalece la misoginia en el ámbito deportivo en general.

No negaré que hay avances en la inclusión de la mujer en los medios deportivos, pero falta mucho por recorrer, por picar, por seguir alzando la voz, por prepararnos como reporteras, por dejar de utilizar nuestro cuerpo como mercancía en estos espacios, por vivir el deporte, por explotar nuestras cualidades. Ha sido un camino difícil, pero es justo eso lo que me mantiene en esta lucha.

 

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