INICIO > Artículos y Reportajes Noticias > La esperanza se viste de Azul

Por Gisela Morales / @ T1zaa

Pocas veces en la vida te puedes encontrar a tan grande muestra de afecto y devoción que puede evocar un equipo, una persona, unos colores o un inmueble. Esta vez tocó el turno de despedirse
de un emblemático edificio en el centro del país. ¡Sí!, el Estadio “Azul” cerró sus puertas.

La previa

La fecha ya estaba designada pues la Máquina Celeste no tiene un destino claro dentro del torneo. Se decidió que la jornada 16 de la Liga MX fuese su despedida, pues de no pasar a la siguiente
fase, este escenario habría visto su último partido resguardando a los cementeros.

El día era como cualquier otro, pero algo era diferente, en el aire estaba tangible un sentimiento de nostalgia. El camino era el de siempre: primero el metro, y en Insurgentes, el metrobus, los
colores azul y blanco con una cruz roja en el centro cada vez se hacían más presentes. Como hormigas que eran llamadas por la miel, se acercaban cada vez más personas llamadas por la
pasión y la entrega a su equipo.

Llegando a las inmediaciones del colosal estadio, podías mirar a cualquier dirección y lo primero que se encontraba eran los colores emblemáticos del Cruz Azul. Desde los clásicos vendedores, pasando por la reventa de boletos y terminando por los cientos de seguidores que se dieron cita en aquel lugar. Dar la vuelta al estadio solo demostró más la cantidad de fieles que tiene la escuadra cementera.

En las afueras de la puerta 5, un tumulto de personas llamaba la atención, y al acercarse, el corazón saltaba al escuchar los sonidos de un tambor que hacia evidente que se trataba de la barra local, con una variedad de cantos daban la bienvenida a los aficionados y gritaban por última vez previo a un partido.

El encuentro

Una vez dentro del estadio, como era costumbre, te guiaban a tu lugar; al llegar, una pequeña sorpresa espera a cada uno de los asistentes: una pequeña bolsita transparente con una hoja de
color estaba pegada en el respaldo de cada asiento, elemento que posteriormente sirvió para darle la bienvenida a los once guerreros celestes, con una imagen del escudo del Cruz Azul de
tamaño monumental ubicada atrás de la portería local.

El silbatazo sonó y el balón rodó en el césped, veintidós personajes divididos en dos equipos se disputaban la posesión de un balón, que es el rey del evento, la razón por la que tantos seguidores
estaban reunidos. Una serie de cantos eran escuchados: “Olé, olé, olé….cada día te quiero más”, mientras, en el aire, se agitaron miles de manos moviendo aquellos papeles de colores. Poco a poco se fueron llenando los lugares vacíos y el estadio cada vez se hizo más azul.

Las oportunidades no faltaron, y en las primeras dos llegadas, un poste fue la diferencia. Un sonido hueco en el metal retumbó en el inmueble, junto con un repentino suspiro de los asistentes. Ese
sonido sólo evocaba el recuerdo de aquella maldición que no le permitió al equipo azul conseguir título alguno en aquel lugar.

Embrujo que también le otorgó el término “cruzazulear” a la
sociedad.

Al minuto 11’, Cauteruccio salía de la nada y pegaba un tiro que daba en el poste nuevamente, pero que le volvió a quedar de frente como suplicando le pegaran de nuevo para poder entrar a donde pertenece, a lo que el jugador obediente concedió y en una segunda intención el esférico se coló y terminó dentro de la meta. Un sonoro “goooooool” se escuchó en todo el inmueble, junto
con un coro universal que cimbró el estadio.

El partido continuó y hubo múltiples llegadas por parte de ambas escuadras, el equipo local dominó sobre los visitantes, pero ahí se mantenían, hasta que al filo del término del primer tiempo,
Ángel Mena, que había intentado en previas ocasiones llegar hasta la portería, al fin se encontraba con el gol, lo que hizo que la audiencia explotara en un sonoro y uniforme grito que generó eco en el lugar.

La segunda parte del encuentro se dio con un fútbol picante, lleno de emoción y llegadas aguerridas, ya estaban los goles, solo faltaba la última pelea decían. Sin embargo el marcador ya no se movería y así con un triunfo, ganando 2-0 se despedía la Máquina Celeste de su estadio que fue su hogar durante los últimos 22 años.

La despedida

Era el último encuentro y los que pisaron alguna vez ese césped, decidieron ir a dar el adiós, como Francisco Palencia, cuando género que una multitud se arremolinara para poder tomarse una foto con el ídolo. De la misma forma no se podían quedar con las ganas de brindarle un homenaje con una multitudinaria ola, que dio no una, ni dos, si no varias vueltas al estadio.

Conforme avanzaba el reloj cada vez se hicieron más fuertes los cánticos, todas las personas comenzaron a pararse de sus asientos y vieron correr los últimos pases y el rodar del balón por
última vez en aquel lugar. El “Azul”, inmueble que fue testigo de victorias, alegrías, tristezas, enojos, historia y que esa tarde sería su última actuación. El pitazo final detonó una emoción
indescriptible entre los seguidores, niños, jóvenes, hombres, mujeres, todos parados cantando a coro: “Yo, soy celeste, es un sentimiento, que no morirá”, la voz del estadio intentó hablar, pero fue silenciada nuevamente por el “Olé, olé, olé, ¡cada día te quiero más!”.

Diferentes rostros se observaron esa tarde, pasión, entrega, llanto, ¿De cuántas experiencias había sido testigo? Disputas, amistades nuevas, parejas creadas, seis finales de liga, tres finales de la
CONCACAF, y ahora, todo será un recuerdo que quedará en la
memoria de los que estuvieron ahí presentes, de la tan grande afición que a pesar de sufrir tanto, siempre ha estado presente, siempre fiel a sus colores y a su equipo, esa afición que tantas veces lloró, una vez más se reunió para pintar el estadio de Azul y corear sus cánticos para despedirse reafirmando la esperanza que tiene en el equipó junto con su amor. Esa afición que siempre
llevará esos colores celestes, el blanco y el azul, siendo este último, “El Azul de la esperanza”.

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