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Extracancha: Afición, ciencia, arte y uno que otro dato útil del mundo del pambol.

Reportaje: Cerebro pambolero

Por Georgina Larruz  @XinitaTanguyu

Ella se puso el jersey del equipo dueño de su corazón. Salió de su casa para reunirse con sus amigos. Inicia la ceremonia. Los himnos estremecen sus oídos para después dibujar lágrimas por sus pómulos. Inicia el partido y con él, un encadenamiento de histrionismo. Grita. Brinca de emoción. Se levanta de su asiento. Se lleva las manos en la cabeza. Golpea incesante la mesa que esté frente a ella. Sus amigos la secundan y hacen lo propio. Pasan 90 minutos. Por desgracia la escuadra de la que es fiel seguidora perdió el encuentro. La rabia no se hizo esperar, ni los lamentos, ni las explicaciones posteriores.

Es un lugar común decir que el fútbol apasiona por la intensidad desplegada en cada choque. Transiciones emocionales en 90 minutos (o a veces más) son el pan nuestro de cada día para los pamboleros. Pero ¿qué pasa con las emociones que se asoman? y sobre todo ¿qué es lo que sucede con el cerebro de los pamboleros?

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Abuelo rompe en llanto con su nieto al presenciar una anotación del Málaga ante el Real Madrid, tanto que le valdría la permanencia en la Liga Española.

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Previo y penaltis, umbral de la ansiedad.

El previo, cuando las cosas no van bien con nuestro equipo, cuando hay señales claras de anotación del equipo contrario –concretadas o no concretadas-, o bien, la ronda de penales, la ansiedad hace su aparición. Se trata de un mecanismo de defensa que el ser humano desarrolla para prepararse ante situaciones adversas. Tu corazón hará que tu sangre recorra por tu cuerpo, tus músculos se tensarán, sentirás tu estómago como si tuviese un agujero negro, tus piernas se convertirán en palillos de dientes. Esto es producto de la liberación de norepinefrina, neurotransmisor que pone al cuerpo en estado de alerta máxima, y del cortisol, la hormona del estrés.

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Gol, sorpresa, triunfo y dopamina.

¿Quién no ha festejado un gol de su equipo con frenesí desbordado? (para muestra, el Piojo Herrera) ¿quién no abrazado a su compañero pambolero tras alguna anotación?, ¿quién no ha tenido esa hermosa sensación de ver campeón al equipo de nuestros amores? Las lágrimas de alegría pueden brotar, los ojos destilan fulgor, una sonrisa espontanea se avizora. Reacción natural, estamos bajo bombardeos de serotonina, endorfina y dopamina, neurotransmisores que crean la sensación de placer, recompensa y, por si fuera poco, alivian el dolor.

Por su parte, en la sensación de sorpresa en el fútbol, ocurre lo mismo, pero en un periodo más corto.

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Soccer blues, el sabor de la tristeza y la frustración.

La eliminación –a veces injusta- es una ingrata experiencia para todo pambolero. Es una ruptura de las expectativas que se tenían del equipo. Similar a lo que pasa cuando te enfrentas a una ruptura o separación de algún objeto o persona, hay una mezcla de emociones como la negación, ira, depresión y aceptación, corto pero intenso.  Este sentimiento tiene una mayor intensidad si la derrota o pérdida no se esperaba.

En ese momento, tu cerebro está activo en dos zonas, la corteza prefrontal y la corteza callosa, ambas asociadas con la tristeza al ser liberadoras de cortisol. Asimismo, hay una disminución drástica de serotonina, sustancia que es compatible con las hormonas de la felicidad, pero también con las de la ansiedad.  Este sentimiento de tristeza se le denomina soccer blues, o en español tristeza futbolística, término acuñado por la psicología deportiva estadounidense.

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Árbitro y DT, villanos y liberadores de la ira

“Era penal, árbitro ciego”, “órale, cabrón, baja por la banda izquierda”, “Es a la portería, wey”. El cuerpo arbitral y el Director Técnico son personajes que se vuelven objetos de impotencia para todo pambolero (Pregúntenle al Tuca y sus corajes o a Chiquimarco). La sensación de inconmesurable enojo, paradójicamente, es la que activa más zonas del cerebro: la amígdala, el hipotálamo y la corteza prefrontal; ellos te liberarán adrenalina, sustancia que motiva a conductas de ataques y defensa, aunado al grado de tensión que suele presentarse.

Apego y placer, la fidelidad al equipo.

El color de los duelos. Ser hincha. Sentir que el tiempo cambia en su transcurrir. Lanzar porras al equipo local y amedrentar a las visitantes no es sólo un asunto que se explica en términos sociales, sino también tiene una lectura a nivel cerebral. Se trata de una generación constante de dopamina, serotonina y oxitocina, hormonas que generan dos cosas, la empatía y el apego.

Ambas reacciones apasionantes tienen efectos a nivel conductual muy similar a cuando estamos enamorados. Al seguir a un equipo, identificarse con su historia, con su palmarés, con sus jugadores no hacemos más que ponernos en sus zapatos. Posteriormente se genera un vínculo emocional, mismo que se refuerza a partir de una serie de actividades como cánticos, la información en medios de comunicación, la serie de triunfos y/o fracasos.  ¿Cómo se transmite esto a lo colectivo? El cerebro trabaja en redes neuronales, una individual y otra comunicativa. Además que este caldo de emociones se contagia fácilmente entre la afición.

La transición de un aficionado a un hincha se debe, en mayor medida, a la sobreexposición de fuentes de placer. De este modo, el sistema nervioso se vuelve adicto al fútbol al depender del estímulo que le genera euforia, símil a lo que ocurre con las personas adictas a sustancias psicoactivas.

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El amor al fútbol es una bendición. Los pamboleros somos afortunados de poder sentirlo a pulso. Por fortuna, él siempre nos mostrará gratas vivencias y será el espacio perfecto para expresarlas. Nuestro cerebro se encargará de hacer que cada minuto de los 90 se convierta en una experiencia inolvidable de vida.

En el espectáculo del fútbol coexiste un coctel de sensaciones dentro y fuera de la cancha. Los responsables, sistema límbico, los neurotransmisores (la serie de sustancias químicas que se producen en la corteza cerebral). Gracias a ellos se explica por qué sentimos miedo, ira, tristeza, ansiedad, alegría cuando rueda el balón.

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