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Georgina Larruz

 

Hice un perfil de ella para otro medio donde colaboro. Conocí su historia, llena de entereza para seguir jugando al futbol, por cumplir sus sueños desde muy temprana edad. La vi por televisión incontables veces en las ceremonias del Balón de Oro. La vi llorar por aquel partido en el que su selección no pudo llegar a pelear por la medalla de oro en Rio 2016. Su sola presencia bastaba para inspirarme en los momentos que dudaba de mí. 

Entonces llegó el día. Todo fan del futbol sabe que las llaves más interesantes de todo torneo son a partir de octavos de final. En el estadio donde hacía mi voluntariado se dijo que era muy probable que la selección francesa jugara allí, solo habría que esperar al rival. A la vez, sentía un poco de tristeza, pues era el penúltimo partido que tenía sede en Le Havre. Ya le tenía cariño al estadio, al staff, a los compañeros y a la jornada. Incluso a algunos periodistas insolentes que querían recibir su pase de prensa. 

Mi rol, el de siempre: atender el Media Center tres horas antes del juego. Servir cafés, dar agua, repartir el roster de las alineaciones, responder preguntas, revisar los accesos de prensa y fotografía de acuerdo con la tribuna que se les asignaba. La mejor parte de esta jornada siempre era ver los partidos desde algún lugar no ocupado por los reporteros. 

La Marsellesa retumbó en el Stade Oceane. Todos cantaron con gran júbilo. Fue estremecedor y muy emotivo. Apenas, en medio de los 25 mil espectadores, se podían ver algunas manchas amarillas con sus respectivas banderas verdes. El entusiasmo de los franceses ahogaba las eufóricas expresiones de los seguidores latinos. 

El partido fue sumamente cardíaco en la segunda mitad. Tras un tenso 0-0, el grito de gol llegó al minuto 51’, cuando Valérie Gauvin abrió el marcador, y, con ello, la lucha por alcanzar los cuartos de final. La respuesta de Brasil llegó al 63’, lo que hizo que permeara una atmósfera llena de nervios y ansiedad. 

Allí la vi, ella reflejaba ese ímpetu por querer ganar, por no rendirse. Nunca lo ha hecho en su vida y menos en ese momento lo haría. Cada balón que recibía, lo trataba de llevar al lugar sagrado: la meta. No importaba si esto le aumentara su estadística de goles, importaba que su equipo pasara la siguiente fase. 

Su técnica era impresionante, burlaba a las defensas rivales como si bailara samba, pasaba el esférico de un lado a otro con un sutil toque, los hacía con una velocidad impresionante y parecía algo muy sencillo. 

Casi una hora después del 1-1, en medio de una gran expectación, la capitana francesa, Amandine Henry, derrotó al combinado sudamericano. En ese momento mi jefe nos escribió para reanudar la actividad. Mi rol era ¡supervisar la zona mixta! Mi corazón lo sentía afuera de mi piel, latiendo como si hubiese bailado quebradita sin descanso. Bajé a esta área antes de que se llenara de colegas. El partido ya estaba por finalizar. Se veían los abrazos de consuelo y de festejo, el intercambio de camisetas, los apretones de manos amistosos -de eso se trata el futbol y así debe ser siempre-. Después las entrevistas de FIFA. 

Normalmente poníamos mute a la televisión que se encontraba en la zona mixta, esto para no “ensuciar” los audios o videos de los reporteros. Para ese entonces, los colegas ya estaban esperando a las jugadoras. Entonces la vimos a cuadro y todos nos pidieron subirle el volumen. 

«Dimos lo mejor de nosotras. Todas las jugadoras dieron su máximo… El fútbol femenino depende de ustedes. No van a tener una Formiga para siempre, una Marta o una Cristiane. Piensen en eso, valoren más. Lloren al principio para sonreír al final», remató con algunas lágrimas. 

Las compañeras sonreímos discretamente unas a otras, sabíamos que esas palabras tan poderosas venían de alguien que tenía autoridad suficiente para decirlas. Aunque la derrota del equipo brasileño pegaba en el ánimo de los colegas de aquel país, este discurso era la mayor de las victorias. Es verdad, gracias al futbol femenino, muchas mujeres han tenido acceso a desarrollarse profesionalmente y, en alguna medida, también nos ha abierto campo de trabajo. 

Al finalizar este discurso, todas querían entrevistarla. Los compañeros franceses fueron hacia Amandine Henry, Wendie Renard. Los brasileños esperaban a Formiga, Cristiane, pero sobre todo a ella…”. Sabíamos que sería la última en salir de la zona mixta adaptada para transmisores oficiales y camarógrafos. Así fue. Un poco antes de la medianoche ella caminó. Su labial púrpura seguía intacto. 

Me estremecí e inevitablemente sonreí. Allí estaba, y, aunque no cruzáramos palabra alguna, con solo verla, volví a entender por qué estoy aquí, por qué sigo en este medio. No sé si la vida me vuelva a dar la oportunidad para entrevistarla, pero este momento es de lo que más atesoro en mi vida como periodista de deportes. 

 

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