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#CuentoPambolero: De mujercita a futbolera

Escrito por admin 03 de noviembre, 2014

Redacción Pamboleras @Pamboleras

Amamos el hecho de que el futbol pueda relacionarse con muchas áreas, incluso con la literatura. Por ello hoy queremos presentarte un cuento llamado “De mujercita a futbolera” en el cual se resalta la pasión de las mujeres por el balompié y cómo repercute en nuestra forma de ser. Este cuento lo hemos dividido en 3 partes, y hoy va la primera de ellas…

Recuerda: “El fut también es cosa de mujeres”.

De mujercita a futbolera

Por: Lady Blue

Jamás olvidará esa primera vez, pues fue ocho días después de su cumpleaños diecisiete. Nadie podía concebir la idea de que la niña casi adulta, la princesa de la casa, la que sólo salía a la calle acompañada por mamá, deseara ir a ese lugar tan inapropiado para ella.

Se suele etiquetar a las personas sin detenerse a conocer qué hay detrás, y así le ocurría a Michel, pues todos la veían como una “mujercita de familia”, pero jamás como la chica que perdió los estribos un tarde de febrero, que hasta fue la nota principal del noticiero gracias a su comportamiento en ¡un estadio de futbol!

Fueron muchos años en los que Michel deseó con todas sus fuerzas ir, como cualquier aficionado, a apoyar a su equipo favorito (mismo que adoptó por herencia), pero siempre recibía las mismas respuestas de su familia como “es muy peligroso para ti”, o el típico “el futbol no es para mujeres”. A pesar de esas negativas, sentía que la pasión por el futbol le corría por las venas, y aunque no lo jugaba, se le ponía la piel “chinita” con el ambiente en las tribunas, mismo que sólo había conocido por televisión.

Ese día decidió darse su propio regalo de cumpleaños, el cual se convertiría en su regalo de vida, y aunque no era mayor de edad, supo que no necesitaba serlo para tomar las riendas de lo que quería. “Ahorita vengo, má. Voy a casa de Sara a pasar la tarde con ella”, fue el grito que dio inicio a esta rebelión (o mentira piadosa). Al cerrar la puerta de la casa ya no había marcha atrás, y era momento de enterrar los miedos para cumplir ese sueño que tanto la había inquietado: ir al estadio.

Michel no sabía andar en Metro, tampoco tomar microbuses, por lo que con un mapa que alguna vez le regaló su tío, se guío para llegar al templo del futbol. Con los nervios de punta y repitiéndose que si algo le pasaba iba a ser regañada por su madre, preguntó a cuanto se le cruzaba en la calle cómo llegar a la estación Rosario, mismo que la llevaría a su destino final.

La chica, ya agitada y con el mapa mojado por el sudor de las manos, buscó el letrero que la llevara a los vagones que iban rumbo a Barranca del Muerto. Bajó las escaleras, esperó la llegada del tren y nunca imaginó que un mar de gente, literalmente, la apachurrara con tal de encontrar un asiento disponible.

Aún faltaban dos horas para el partido de su equipo, por lo que según sus cálculos, llegaría a tiempo para comprar su boleto en taquilla con el dinero que había pedido a su padre, según, para ir a cortarse el cabello. El metro arrancó y Michel sabía que ya estaba el cincuenta por ciento de la hazaña realizada. Los nervios seguían inundándola, pero la ilusión por conocer un estadio era mayor, como mayores eran las estaciones que pasaban frente a sus ojos: Camarones, Tacuba, Auditorio, San Pedro de los Pinos, hasta llegar a San Antonio, donde según el mapa, debía bajar.

¡La estación San Antonio era una sucursal del estadio! Michel, sorprendida y sin poder creerlo, estaba viviendo la emoción que provoca el futbol desde los pasillos del Metro, pues a su alrededor todo era gente con la cara pintada, camisetas del color de su equipo, señoras, niños y bebés con banderas… ¡Ese era el ambiente que anhelaba vivir!

La chica se unió a esas familias para sentirse parte de esa pasión, pero también porque no tenía ni idea hacia dónde dirigirse… ¡En fin! En menos de cinco minutos, Michel ya se sabía algunos cánticos que los aficionados repetían hasta el cansancio por las calles de la colonia Nápoles; los nervios disminuían y nuestra protagonista ya estaba animada con el famoso “Queremos la copa, la hinchada está loca y yo quiero verte campeón”.

En ese momento, todos cruzaron la avenida y Michel vio la taquilla, que para ella significaba su pase a lo desconocido, como si se tratara de un cielo terrenal. “80 pesos el más barato”, le decía la taquillera a la cada vez más relajada adolescente. “¿No tiene uno que esté del lado de las bancas?”, cuestionaba Michel, pero la encargada no contestó, le entregó su boleto y se tuvo que aguantar el lugar que le tocó.  (Continuará…)

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