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#ConfesionesDeLaPresi: De mujercita a futbolera

Escrito por admin 22 de junio, 2015

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Voy a iniciar esta sección llamada #LasConfesionesDeLaPresi, la cual relatará historias con las que tal vez (o estoy casi segura) te vas a identificar como mujer dentro del futbol.

Esta historia titulada «De mujercita a futbolera» la escribí hace casi un año, cuando el municipio de Tlalnepantla lanzó una convocatoria para que sus habitantes escribiéramos un cuento. Recuerdo que no gané, pero nos dijeron que harían un libro electrónico con todos los cuentos participantes y como buen gobierno, pues sí, fue PURO CUENTO porque no hicieron nada.

Entonces, para no tener esta historia guardada, mejor se las comparto… ¡Y OJO! Tiene tintes autobiográficos, así que podrán conocerme un poquito más. Si te gustó, si no, o como sea, la cosa es que quiero que sepas que puedes ponerte en contacto conmigo:

Twitter: @RocioYelitza

Instagram: rocio.yelitza

DE MUJERCITA A FUTBOLERA

Rocío Yelitza

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Jamás olvidará esa primera vez, pues fue ocho días después de su cumpleaños diecisiete. Nadie podía concebir la idea de que la niña, casi adulta, la princesa de la casa, la que sólo salía a la calle acompañada por mamá, deseara ir a ese lugar tan inapropiado para ella.

Se suele etiquetar a las personas sin detenerse a conocer qué hay detrás, y así le ocurría a Michel, pues todos la veían como una “mujercita de familia”, pero jamás como la chica que perdió los estribos un tarde de febrero, en la que llegó a ser la nota principal del noticiero gracias a su comportamiento en ¡un estadio de futbol!

Fueron muchos años en los que Michel deseó con todas sus fuerzas ir, como cualquier aficionado, a apoyar a su equipo favorito (mismo que adoptó por herencia al ver a su padre y hermano), pero siempre recibía las mismas respuestas de su familia como “es muy peligroso para ti”, o el típico “el futbol no es para mujeres”. A pesar de esas negativas, sentía que la pasión por el futbol le corría por las venas, y aunque no lo jugaba, se le ponía la piel “chinita” con el ambiente en las tribunas, mismo que sólo había conocido por televisión.

Ese día decidió darse su propio regalo de cumpleaños, el cual se convertiría en su regalo de vida, y aunque no era mayor de edad, supo que no necesitaba serlo para tomar las riendas de lo que quería. “Ahorita vengo, . Voy a casa de Sara a pasar la tarde”, fue el grito que dio inicio a esta rebelión (o mentira piadosa). Al cerrar la puerta de la casa ya no había marcha atrás, y era momento de enterrar los miedos para cumplir ese sueño que tanto la había inquietado: ir al estadio.

Michel no sabía andar en metro, tampoco tomar microbuses, por lo que con un mapa que alguna vez le regaló su tío, se guío para llegar al templo del futbol. Con los nervios de punta y repitiéndose que si algo le pasaba iba a ser regañada por su madre, preguntó a cuanto se le cruzaba en la calle cómo llegar a la estación del metro Rosario, misma que la llevaría a su destino final.

La chica, ya agitada y con el mapa mojado por el sudor de las manos, buscó el letrero que la conduciría a los vagones rumbo a la estación Barranca del Muerto. Bajó las escaleras, esperó la llegada del tren y nunca imaginó que, literalmente, un mar de gente la apachurraría con tal de encontrar un asiento disponible.

Aún faltaban dos horas para el inicio del partido, por lo que según sus cálculos, llegaría a tiempo para comprar su boleto en la taquilla con el dinero que le había pedido días antes a su padre para ir a cortarse el cabello. El metro arrancó y Michel sabía que ya estaba el cincuenta por ciento de la hazaña realizada. Los nervios seguían inundándola, pero la ilusión por conocer un estadio era mayor, como mayores eran las estaciones que pasaban frente a sus ojos: Camarones, Tacuba, Auditorio, San Pedro de los Pinos, hasta llegar a San Antonio, donde debía bajar.

¡La estación San Antonio era una sucursal del estadio! Michel, sorprendida y sin poder creerlo, estaba viviendo la emoción que provoca el futbol desde los pasillos del metro, pues a su alrededor todo era gente con la cara pintada, camisetas del color de su equipo, señoras, niños y bebés con banderas… ¡Ese era el ambiente que anhelaba vivir desde hace tiempo!

La chica se unió a esas familias para sentirse parte de esa pasión, pero también porque no tenía ni idea hacia dónde dirigirse… ¡En fin! En menos de cinco minutos, Michel ya se sabía algunos cánticos que los aficionados repetían hasta el cansancio por las calles de la colonia Nápoles; los nervios disminuían y nuestra protagonista ya estaba animada con la famosa oración que sólo los seguidores más fieles saben: “Queremos la copa, la hinchada está loca y yo quiero verte campeón”.

En ese momento el grupo cruzó la avenida y Michel vislumbró a lo lejos la taquilla, que para ella significaba su pase a lo desconocido, como si se tratara de un cielo terrenal. “80 pesos el más barato”, le decía la taquillera a la cada vez más relajada adolescente. “¿No tiene uno que esté del lado de las bancas?”, cuestionaba Michel, pero la encargada no contestó, le entregó su boleto y nuestra protagonista se tuvo que aguantar el lugar que le tocó.

“No mames, estoy en el estadio”, se repetía la chica, cuyas amigas soñaban con ir de compras a Nueva York o mínimo un viaje a Cancún, pero ella cambiaba todo por ese momento, estar en el lugar donde el futbol es religión.

Respiró profundo, se dirigió a la puerta para ingresar, y como cualquier aficionado, fue revisada al entrar por los elementos de seguridad. Llegó al pasillo, escuchó el sonido que provocaba la gente que poco a poco iba llenando la tribuna. Se dirigió a la zona que indicaba su boleto, y caminó ensimismada en sus pensamientos, pues era algo irreal estar ahí, sola, cumpliendo su sueño sin ayuda de papá o de mamá como siempre había ocurrido.

Tomó su lugar y descubrió que era mentira que el futbol no es para mujeres, pues la rodeaban varias madres de familia, grupos de amigas, que por cierto, eran integrantes de un club de fans del “Místiko” (¡sí, con k), el delantero más guapo del equipo, por lo que se sintió en confianza aunque no interactuara con ellas.

Inició el partido y el grito de las mujeres era más ruidoso que el de los hombres. Michel observaba, pero no emitía sonido alguno, ni se ponía loca o agitada como en los partidos que había visto en casa, donde se tiraba al piso a llorar si su equipo fallaba… ¡No sabía la razón por la cual no podía gritar en ese momento!

“¡Místiko, te amamos!, decían las fans, “¡Vamos equipooo!”, decía una señora que cargaba un bebé, “¡Chelas, chelas!”, recitaba casi poéticamente el vendedor… ¡Y Michel sin decir nada!

El partido era malísimo, y ninguno de los dos equipos se hacían daño. La joven pensó que había sido mala opción darse ese regalo, y que el partido estaba tan aburrido que seguramente era un castigo de Dios por haberse salido de su casa por medio de mentiras.

De repente, “Místiko” recibe una falta por detrás, ocasionada por el grotesco defensa del equipo rival, al grado que todo el estadio enmudeció. La estrella del equipo mostraba rastros de dolor inmenso, y sorprendía a los asistentes con la imagen de su pierna izquierda colgando debido a la lesión.

El “Ostra” Suárez, defensa que cometió la falta, comenzó a burlarse del lesionado, y negaba con la cabeza que hubiera sido el culpable de lo ocurrido; los asistentes percibieron la actitud de este jugador, y en un abrir y cerrar de ojos, estalló el grito de guerra con un sinfín de insultos hacia el irónico futbolista con una buena dosis de mentadas de madre.

Segundos después, el árbitro sacó de su bolsillo una tarjeta amarilla, ¡sólo la amarilla! “¡Esa falta era roja, maldito árbitro hijo de tu chingada madre!”, fue el grito de una Michel enfurecida a tal grado que las personas que estaban a su lado guardaron silencio y se hicieron a un lado. “Eres un maldito mentiroso, mal jugador”, nuevamente dijo con la voz de niña en el olvido, y con el tono de mujer firme y segura.

Llamó tanto la atención su reacción, que una cámara que hacía la nota de color en las tribunas, se acercó a ella y grabó todas sus reacciones, hasta las lágrimas que derramó de coraje. Los demás aficionados sacaron sus celulares y, con un poco de miedo, grabaron la enorme cantidad de palabrotas que Michel recitaba con júbilo.

Los ánimos se calmaron, y no, el “Ostra” no fue expulsado, “Místiko” fue llevado al hospital, y el horrendo partido quedó empatado a ceros.

Ya sin nervios, enojada y a la vez realizada por haber estado en el estadio, Michel tomó el mismo camino de ida que ahora la llevaría de regreso a casa. No tenía voz y sentía que en cualquier momento se enfermaría de la garganta. Abrió la puerta de su hogar y la madre le preguntó cómo le había ido en casa de su amiga, mientras que en ese momento, en la televisión principal, se escuchaba: “Aficionada se desvive por su equipo. Una mujer de aproximadamente 16 o 17 años de edad, no paró de insultar al defensa Miguel Suárez, el “Ostra”, luego de que éste lesionara a la estrella del equipo, el famoso “Místiko”. La chica incluso llegó a ser observada por elementos de seguridad, quienes no determinaban si sacarla o no del inmueble”.

“Vieja loca, por esa gente no quiero que vayas a los estadios”, comentó la madre que jamás volteó a ver la televisión, mientras Michel sentía una alegría inmensa dentro de su ser al percatarse de su imagen en la nota, y se dio cuenta que la niña débil, sin carácter que no sabía ni cómo andar sola en la calle, fue noticia gracias a la pasión que el futbol provoca en ella.

Además, le quedó claro que el futbol sí es cosa de mujeres, y se puede vivir con igual emoción que como lo viven los hombres.

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Rocío Yelitza es la Directora y La Presi de Pamboleras. Lic. en Ciencias de la Comunicación. Sigue apoyando al Cruz Azul. Su Twitter es @RocioYelitza, y su Instagram es rocio.yelitza ¡Follow her!

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